Como era de esperarse, los mercados el viernes pasado tomaron con un poco más de calma la decisión que conocimos el jueves pasado en relación con la actividad del Banco Central Europeo y su participación en los mercados, para comprar bonos soberanos de países de la zona bajo ciertas reglas y, cuando sea necesario, darle estabilidad a los mercados y permitir así una mecánica más ordenada de financiamiento que a la larga permita que los planes de estabilización que se han emprendido en varios países de la región o los que tuvieran que ponerse en marcha en caso de ser necesario, o bien la modificación de los que ya existen, alcancen sus objetivos de manera
más eficiente.
Desde luego que en parte la calma que suele aparecer después de una primera reacción de euforia no sólo tiene que ver con tener algo de tiempo para reflexionar sobre el tema, sino con que ocurren al menos dos cosas: una es que surgen los detractores de la decisión y la otra es que el público en general empieza a hacerse preguntas para las que no encuentra respuesta rápida y fácil de entender.
Y en una decisión como la que conocimos es obvio que ambos puntos están sobre la mesa ahora. Claro que no hay respuestas fáciles ni a gusto de todos; quizás incluso algunos de los aspectos importantes de la decisión estén aún por definirse.
Pero lo que es un hecho es que la política monetaria, como uno de los aspectos centrales de la política económica, es algo muy complejo por naturaleza, por lo que no es fácil hacer precisiones sobre sus componentes y menos aún sobre la mezcla de éstos y los resultados que se
esperen obtener.
Aproximaciones a estos asuntos, desde luego que se hacen, y es sobre las que se basan las acciones de las autoridades que las toman y con las que los que operamos en los mercados (todos los que estamos interesados en la economía, incluso aunque sea de manera inconsciente, operamos en algún mercado, con algún rol específico) tomamos decisiones.
De hecho, con alguna similitud, es la forma en que llevamos a cabo nuestras decisiones los actores de la economía y el mundo de los negocios.
Sin que tengamos que ser banqueros centrales de Europa o de cualquier otro lugar, uno decide con elementos escasos e inciertos simplemente porque la mitad de una decisión, o sea su resultado, ocurre en el futuro, que como he compartido con usted, amigo lector, pienso que no existe. Por eso tenemos que conformarnos con respuestas relativas cuando hacemos preguntas sobre el futuro, como bien decía Ray Bradbury.
Y en un contexto como el que vivimos y con decisiones tan complejas como las que demanda (si no fueran complejas hace meses o años se hubieran instrumentado), es fácil que rápidamente surjan detractores a las propuestas, que son fundamentalmente aquellos que se opusieron de manera abierta o encubierta a lo que ahora se hace, que por razones obvias es fácil de criticar: aún no han mostrado sus resultados ni los mostrarán rápido, pues en economía no hay recetas mágicas; no es café instantáneo.
Se requiere un proceso y ello implica tiempo que sólo es la dimensión sobre la cual discurren las decisiones humanas. El tiempo, por sí mismo, no es estrategia económica alguna.
Por lo anterior, cabría esperar que los mercados continuaran reduciendo su ritmo de alza, lo que más de uno puede interpretar como pérdida de entusiasmo o dudas o falta de confianza en las decisiones.
A mí no me parece así, como espero haya quedado claro en los párrafos previos. También pienso que no hay silver bullet que alcance para, de una sola vez, acabar con todos los monstruos malos de la economía global.
Además, falta algo. La decisión que la Fed tome en los próximos días. Después del dato de empleo en Estados Unidos del viernes pasado, cabe suponer que decidirán por un QE3.
Como usted sabe, he mantenido desde hace meses la idea de la necesidad de contar con las condiciones necesarias para ello y que éstas no se
habían presentado.
Quizás ahora ya sean reconocibles a partir de los datos de empleo. Más allá de lo que ocurra y de la forma que eventualmente llegue a tener la Fed, como cualquier otro banco central, tiene ante sí un problema importante que enfrentar: el cambiar su postura de política monetaria y, en este caso, más aún por sus implicaciones políticas, locales e internacionales, el impacto en los mercados globales y, desde luego, en su prestigio y autonomía. Suerte.

