¿Y la ratificación del Acuerdo de Facilitación Comercial?

Es muy sencillo, ahora, comprar un televisor de última generación: basta con visitar cualquier tienda departamental, hacer una comparación entre los modelos disponibles y, al cabo de unos minutos, salir con la caja en un carrito.

Anteriormente no era así. Hoy parece irreal, pero hace no muchos años la situación era completamente distinta: no sólo los televisores o los aparatos de sonido (los modulares de aquella época) no estaban disponibles en el mercado, sino que eran, incluso, ilegales y quien quería adquirirlos tenía que acudir al mercado negro, donde eran importados de contrabando. Lo mismo pasaba con la ropa, con los zapatos, hasta con las golosinas. Los chocolates que hoy podemos comprar en una tienda de conveniencia eran fayuca, los zapatos deportivos se encontraban con más facilidad en un tianguis, la ropa de marca era traída en maletas y comercializada en las casas. Un mundo distinto en el que las cosas no estaban disponibles sino para el que estuviera dispuesto a pagar el sobreprecio o a asumir el riesgo de la ilegalidad.

Así, los consumidores tenían que conformarse con los productos nacionales que, al no tener que competir con los extranjeros, tenían estándares de calidad inferiores a los del resto del mundo. Las cosas eran, por lo general, caras y malas: la misma dificultad que enfrentaba quien quería comprar una televisión de calidad, la tenía quien quería producirlas. Los insumos eran poco confiables y su costo elevado, los procesos industriales eran obsoletos, la mano de obra era poco calificada. Un país de pobres con productos y servicios para pobres.

El problema, visto con la perspectiva del tiempo, era evidente: nuestro marco jurídico estaba diseñado para evitar la competencia y en consecuencia frenaba la competitividad. Cuando comenzamos con el proceso de apertura y, con él, uno de los mayores procesos de innovación económica de los últimos tiempos, las cosas comenzaron a cambiar. Los productos extranjeros empezaron a llegar y, naturalmente, a desplazar del mercado a los productos nacionales cuya relación entre calidad y precio era ostensiblemente menor. Muchas empresas quebraron al no poder cumplir con las nuevas condiciones del mercado, pero las que supieron aprovecharlas florecieron. Las empresas mexicanas comenzaron a desfilar por todo el mundo, y nuestros productos y servicios se fueron posicionando cada vez más alrededor del globo, hasta convertirse en lo que son hoy. El cemento y la cerveza son los ejemplos más patentes, pero la presencia internacional de México es hoy en día mucho más amplia que eso, y abarca prácticamente todas las industrias.

Hoy, México es uno de los países más abiertos del mundo y los resultados los vemos de forma cotidiana. No sólo en los televisores o los chocolates, no sólo en las empresas cuyas siglas pueblan los tableros de las Bolsas de valores: las oportunidades las vemos en la vida diaria, en la forma en la que ha mejorado nuestra planta productiva. Hemos aprendido a competir, y hoy el ciudadano común tiene acceso a mejores ingresos, a una mayor calidad de vida. Los empresarios mexicanos persiguen negocios más sofisticados, en los que la calidad es un presupuesto que no puede soslayarse cuando se compite con extranjeros. Nos ha ido bien, sin duda, pero podría irnos mejor: una cosa es plantear la apertura hacia el exterior, y otra contar con los mecanismos para poder aprovechar al máximo las oportunidades que se nos plantean.

Es en este sentido en el que resulta incomprensible la dilación para ratificar el Acuerdo de Facilitación Comercial de la Organización Mundial de Comercio, cuya implementación se prevé que reduzca los costos de comercio de los países en vías de desarrollo entre un 13.2% y un 15.5% y, en consecuencia, que las exportaciones de dichas naciones aumenten entre un 13.8% y un 22.3%. Las empresas serán más rentables, y las inversiones se dirigirán hacia las naciones que estén abiertas al comercio: lo mismo que nos comenzó a pasar hace veinte años, pero con una perspectiva de crecimiento de más de un trillón de dólares en los próximos años. ¿Después del camino recorrido, de las bondades comprobadas del comercio internacional, de las experiencias de éxito en las que somos protagonistas, no nos interesa ser parte de todo esto? ¿Qué nos hace falta? ¿Por qué no hemos ratificado? 

vbeltri@duxdiligens.com

@vbeltri

 

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