Vaya dilema el de los defensores de la conducción económica actual

No es un fenómeno nuevo; podríamos decir incluso, que viene desde tiempo inmemorial; no es, tampoco, algo ilegítimo pues hacerlo, no viola ley alguna. En algunos casos, es efectiva y convence a no pocos; sin embargo, a medida que las cosas se complican y las decisiones de los responsables son más desatinadas, la efectividad de la defensa a ultranza se pierde y llega a ser, las más de las veces, contraproducente.

¿De qué hablo? De lo que podríamos llamar, coloquialmente, defensa a ultranza de la conducción económica del gobierno.

Al principio de este gobierno, la defensa parecía tener lógica, dada la euforia generada por la aprobación de lo que hemos dado en llamar reformas estructurales. Sin embargo, la incapacidad en la gobernación, traducida en una visión errónea y proyecciones sin sustento alguno, empezó a erosionar la eficacia de elogiar todo, a todos y en todo momento.

A lo anterior habría que agregar, un elemento que vino a descomponer todo el tinglado: la corrupción. Los niveles que ésta alcanzó con este gobierno, superaron con creces, parámetros que parecían imposibles de rebasar.

Si bien los descendientes de quienes dejaron la vara muy alta en materia de saquear el erario, y aprovecharse del puesto para atesorar fortunas dignas de un jeque, son hoy empresarios distinguidos, esconder la larguísima cola, a veces, es tarea imposible. Sin embargo, honor al que honor merece; los que llegaron con este gobierno mostraron, desde el primer día e incluso antes de la toma de posesión, capacidades ilimitadas para dejar a aquéllos muy atrás, en lo que se refiere a enriquecerse a costa del erario.

Dado que el afán de enriquecerse desde posiciones en el sector público no es una simple gripe, fácil de curar, el pus emanado de la corrupción que parece inundarlo todo, ha hecho más difícil —si no imposible—, que la defensa a ultranza de lo que ha hecho y hace este gobierno, sea aceptada como auténtica, como un análisis objetivo de la conducción económica, y de la política de deuda y gasto. 

Hoy, las cosas han llegado a un punto extremo, podríamos decir; la apuesta, o el panorama dibujado para el sexenio por el anterior Secretario de Hacienda —que en modo alguno y en ningún momento ha sido cuestionado por el sucesor—, nos ha metido en un problema frente al cual, la incapacidad que habíamos visto en los cuatro años transcurridos, se muestra hoy aumentada; en toda su crudeza, sin maquillaje alguno.

¿Qué veremos? ¿Más incapacidad y una parálisis total? ¿Más temor a tomar decisiones obligadas? ¿Acaso también, una mayor renuencia a reconocer la magnitud y complejidad de los problemas que ellos mismos, con sus ocurrencias y errores evidentes, han creado?

Todo eso y más, sin duda, marcará el tercer bienio de este gobierno. Es ahí donde podríamos preguntar: ¿Será efectiva, o positiva la defensa a ultranza de la situación creada? Ante lo que vemos, ¿por qué no pensar que sería contraproducente? Hoy, está demostrado que el sueño de ser populares, jamás dejó de ser eso, un sueño a cambio del cual, desperdiciamos miles de millones de pesos.

¿Lo positivo? Que sólo faltan 23 meses. ¡Aguanta, México, aguanta!

 

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