Destructor de la confianza: La guerra de Trump contra las instituciones de EU

Es fácil imaginar libros de historia que, dentro de unos años, llamen al presidente Trump un revolucionario que puso a Estados Unidos en el camino del nacionalismo duro. Foto: Reuters

Es fácil imaginar libros de historia que, dentro de unos años, llamen al presidente Trump un revolucionario que puso a Estados Unidos en el camino del nacionalismo duro. Foto: Reuters

POR: The Economist

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En el apogeo del poder de Silvio Berlusconi como primer ministro de Italia, mientras el político multimillonario hacía a un lado los escándalos y las demandas con la facilidad con la cual un cocodrilo se desliza entre las plantas acuáticas, un profesor en una universidad italiana describió cómo los términos “furbo” y “fesso” ayudaban a explicar la supervivencia del primer ministro.

En esos reductos de la sociedad italiana en los cuales Berlusconi tenía un apoyo más fuerte, es todo un cumplido ser considerado un furbo, un tipo taimado y de mundo. 

El furbo sabe cómo saltarse las filas, evadir impuestos y manejar los sistemas del nepotismo y el padrinazgo como si fueran un Stradivarius.

En comparación, el fesso es el tonto que espera su turno y no comprende cuán amañado está el sistema o cuánto de sus impuestos es robado. 

El fesso podría vitorear a una nueva ley para el aire limpio en su ciudad, tomando ingenuamente por cierto el anuncio de las élites. 

El furbo pregunta quién en el departamento del medio ambiente pudiera tener un cuñado con un importante contrato para suministrar escobillas de chimenea.

Los fanáticos de Berlusconi lo veían como el furbo que pondría fin a todos los furbi. 

Demostraba que los escuchaba, ofreciéndoles burdos llamados al cinismo del tipo listo, como cuando afirmó que cualquier italiano que respaldara a sus oponentes de centro-izquierda no solo estaba equivocado, sino era un coglione _ traducido liberalmente, un idiota _ que estaría votando “contra sus propios intereses”.

Vivir en ese tipo de sociedad tiene costos. Durante décadas, los antropólogos y los científicos políticos han sopesado las ventajas de vivir en un país de alta confianza y altamente transparente como Suecia contra el grado al cual la corrupción y el despilfarro del capital humano perjudican a lugares como Sicilia. 

“Trust: The Social Virtues and the Creation of Prosperity” (Confianza: Las virtudes sociales y la creación de la prosperidad) de Francis Fukuyama (Free Press, 1995), ahora tristemente de actualidad de nuevo, sugería que Estados Unidos y su modelo distintivo de capitalismo florecía porque los extraños aprendían a confiar unos en otros cuando firmaban contratos, lo que les permitía hacer tratos fuera de los círculos familiares, tribales o las afinidades grupales de que dependen las sociedades con confianza baja.

Conforme inicia la era de Trump, la composición del Gabinete y el círculo cercano que esta tomando forma en torno al presidente Donald Trump es demasiado incoherente ideológicamente para definir la agenda política del próximo presidente. 

Hay lanzadores de bombas e intransigentes en el Equipo Trump, incluidos secretarios de gabinete que han demandado la limitación o abolición de las agencias federales que dirigirán, y un número alarmante de hombres que no ven el daño en amenazar con una o dos guerras comerciales. 

Sin embargo, también tiene a personajes procedentes del corazón de paneles de roble y pilares de mármol del círculo establecido republicano.

En lo que se refiere a la seguridad nacional, el candidato de Trump para el Pentágono es el general retirado James Mattis, quien ha llamado a la anexión que hizo Rusia de Crimea una amenaza “grave” y acusó al presidente de Rusia, Vladimir Putin, de querer desintegrar a la OTAN.

La selección de Trump para dirigir el Departamento de Estado, Rex Tillerson, es el director ejecutivo del gigante petrolero Exxon Mobil, el cual argumentó en contra de las sanciones impuestas a Rusia después de la invasión de Crimea. 

La Oficina de Administración y Presupuesto de Trump es dirigida por un conservador fiscal que propone reducir al gobierno, el representante Mick Mulvaney (republicano de Carolina del Sur), mientras que su estratega en jefe, Stephen Bannon, ha hecho un llamado para un plan de infraestructura de un billón de dólares que haría “enloquecer” a los conservadores.

Es igualmente fácil imaginar libros de historia que, dentro de unos años, llamen al presidente Trump un revolucionario que puso a Estados Unidos en el camino del nacionalismo duro, como lo es imaginar a un incompetente paralizado por las luchas internas entre facciones y los declinantes ratings de las encuestas.

Si las políticas de Trump son un misterio, su enfoque ante la política no lo es. El republicano ganó la presidencia socavando sistemáticamente la confianza en cualquier personaje o institución que pareciera atravesarse en su camino, desde sus rivales republicanos hasta su oponente demócrata, líderes del Congreso, dirigentes de negocios, los medios noticiosos, los verificadores de hechos o simplemente aquellos fessi que creen en pagar impuestos.

Acusado de evadir impuestos federales sobre el ingreso durante un debate con Hillary Clinton, respondió: “Eso me hace inteligente”.

Trump no podrá frenar esa misión destructiva para hacer a Estados Unidos menos parecido a Suecia y más a Sicilia. También tiene demasiadas promesas que no puede cumplir. 

Debe traicionar a aquellos simpatizantes a quienes cortejó con una teoría de la conspiración disfrazada de política económica; respaldada con burdas diatribas dignas de un Berlusconi estadounidense.

Detectó una oportunidad de mercado: millones de estadounidenses con instintos conservadores, notablemente los blancos de clase obrera en el Medio Oeste, que se sintieron mal atendidos por los dos partidos importantes y no pudieron concebir ninguna explicación benigna para los cambios sociales y económicos que los han encolerizado o decepcionado. 
Trump ignoró a las fuerzas transformacionales como la automatización o la competencia mundial. 

Restó importancia a la idea de que la política exterior está llena de intercambios complejos. En lugar de eso, Trump contó a los votantes una historia sobre las élites “estúpidas” e inútiles que habían entregado lo que era correctamente suyo, desde los empleos manufactureros hasta los valores tradicionales o una frontera segura contra los inmigrantes ilegales y los terroristas musulmanes. 

Denle el poder, sin embargo, y todo estaría bien.

Fomentar el cinismo y las divisiones partidistas no es un defecto en el enfoque de Trump hacia la política: es su mejor oportunidad de sobrevivir a los próximos cuatro u ocho años, conforme la realidad se imponga.

Esa es la razón de que haya dicho a sus simpatizantes que no le crean a la CIA, cuando jefes del espionaje estadounidense acusan a Rusia de alterar la elección hackeando correos electrónicos enviados por destacados operadores en el Comité Nacional Demócrata y la campaña de Clinton. 

Esa es la razón por la cual recientemente celebró mítines en los estados en que ganó, declarando ante sus simpatizantes: “Realmente somos personas qua amamos a este país” y rápidamente respondiendo a la ligera a los cánticos multitudinarios a favor de que encierre a Clinton: “Eso sirvió mucho antes de la elección, ahora no nos importa”.

Como un hombre a punto de romper su palabra, Trump necesita un Estados Unidos en el cual toda la ética sea relativa, los hechos sean escritos por los ganadores y los principios cuenten menos que hacer llamados a la lealtad partidista.

La mayor parte del legado de Trump sigue desconociéndose. Parte de lo que haga será revertido por el próximo presidente cuando el péndulo electoral oscile en la otra dirección, como habitualmente sucede. Un Estados Unidos de baja confianza será difícil de componer.

kgb 

 

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